marxismo-cultural

 Escrito por Javier Giral Palasí.

  Ya a finales del siglo XIX había surgido la socialdemocracia que se desvinculaba del proceso revolucionario marxista, al observar que el proletariado iba paulatinamente mejorando sus condiciones económicas dentro del capitalismo, además de ir consiguiendo diferentes derechos laborales. Tras la revolución rusa de 1917, tanto Lenin como Trotsky, sus grandes figuras e ideólogos comunistas, esperaban que inmediatamente le sucediese la revolución en Alemania y en el resto de la Europa más industrializada, ya que Marx había teorizado que la revolución proletaria primero sucedería en los países con mayor masa proletaria puesto que los países eminentemente agrarios consideraban que tenían una masa campesina  con  una “conciencia de clase atrasada”,  por lo que Lenin tuvo que justificar en su libro las Tesis de Abril el dar su golpe revolucionario antes en la atrasada Rusia, y sin esperar a que la burguesía hiciera previamente su revolución democrático-burguesa.

  La revolución rusa triunfó pero gracias a los estragos que antes había producido  la I Guerra Mundial en la población, pero fracasó en la Alemania de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, como en toda la Europa occidental. Más tarde Stalin apartó el internacionalismo proletario y en su tosquedad inventó la política de “construir el socialismo en un solo país”, directriz a seguir desde entonces por la Internacional Comunista, dejando a un lado la imperiosa necesidad, según el marxismo, de que la revolución fuera un fenómeno internacional por su propia necesidad y supervivencia.

  Al ver que tras la revolución rusa, no se extendía a los países más desarrollados, algo que contradecía el “método científico de Marx”, los marxistas se preguntaron el por qué. Pronto el italiano Antonio Gramsci, que fue Secretario General del PCI, teorizó que para hacer la revolución en los países occidentales antes había que tomar culturalmente lo que entendían por la superestructura, es decir, antes debían introducir la ideología del marxismo en todos los ámbitos culturales y valores de esa sociedad, destruyendo la “superestructura burguesa”, pues según los marxistas el capitalismo para perpetuarse se servía no sólo de los medios represivos del estado sino de los valores religiosos, morales y  sociales denominados como  burgueses.  Lo  que  es una contradicción fragante, porque Marx enfatizó que eran los factores económicos los que determinaban la superestructura de pensamiento, y al cambiar el capitalismo por el socialismo, se tornaría la superestructura cultural, sin embargo los marxistas ante su primer fracaso pretendían hacer lo contrario, cambiar la cultura para después cambiar los factores económicos.

  Más tarde la Escuela de Frankfurt fundada en 1923 desarrollará esta misma idea, y así nacerá el Marxismo Cultural que considera que la cultura es el primer obstáculo que ha de franquearse para implantar el comunismo. Y aunque parte del marxismo clásico su estrategia es bien diferente, el Marxismo Cultural ya no se dirigirá primordialmente a los trabajadores sino a las élites intelectuales, a minorías activistas y principalmente a las clases medias, qué es la clase social característica de los países desarrollados, e incluso a las élites de clase alta, esto explica fácilmente que el perfecto progre sea en repetidas ocasiones una persona adinerada. En un país pobre era más sencillo para los marxistas clásicos dar golpes revolucionarios con su populismo entre los trabajadores, pero para los países de clases medias, con unos trabajadores que rechazaban mayoritariamente las aventuras revolucionarias al verse precisamente convertidos en clases medias, y ante su nulo éxito revolucionario crearon algo más elaborado como el Marxismo Cultural, pero el objetivo final sigue siendo el mismo, dominar la sociedad.

  El Marxismo Cultural ha de socavar todos los pilares ideológicos y morales de la civilización occidental, como la religión, la familia, la identidad nacional, los referentes históricos, etc. Para sustituirlos por el decálogo de valores de la nueva religión gili-progre, un tema que vemos con detalle en el capítulo siguiente. El Marxismo Cultural ha tardado largas décadas en convertirse en la escala de valores dominante, y siniestramente ahora ha aparcado su pretensión originaria de nacionalizar o expropiar los sectores estratégicos de la economía (diferente es en un país pobre como Venezuela), y ha renunciado a su programa máximo  porque  las  sociedades  ricas  en  occidente  y  su fortaleza en la economía de mercado hace inviable un movimiento revolucionario con la adhesión necesaria, y se conforma con elevar el gasto y los impuestos del estado. Digamos que ahora se conforma con lo que realmente le interesa, el deseo de dominar a la sociedad, utilizando el método consolidado del Marxismo Cultural.

  Para la destrucción de la “superestructura burguesa”, el Marxismo Cultural introduce un amplio relativismo en todas las esferas, arrancando de la Teoría Crítica que mezcla marxismo y freudismo, como la ingeniería social que fomenta el homosexualismo (fíjense que hay un homosexual entendido como un personaje positivo en cada serie de TV), el ataque a la familia tradicional, el feminismo radical, el multiculturalismo, el movimiento ecologista, el consumo de drogas,  las políticas de género,  el relativismo cultural  que  considera  a  los  aborígenes de Australia una cultura al nivel de la occidental, lo que lleva el igualitarismo a un extremo ridículo, y además como occidentales nos dice que debemos pedir perdón por nuestra historia.

  En la demonización de todos nuestros valores como sociedad, la meritocracia ha terminado (todos somos iguales), la disciplina es fascismo, los referentes históricos se apartan y se enseña lo vergonzante, hasta el punto que los alumnos españoles conocen las derrotas de España en Trafalgar o la “Armada Invencible” pero no las épicas gestas y victorias de su historia; por supuesto toda la moral cristiana ha de ser desterrada,  para  lo  que  desataron  la  revolución sexual y romper la fortaleza moral de los cristianos, etc. Se trata en resumen de crear una desafección a todos los valores que nos han hecho ser la civilización más avanzada,   y  a  la  que  emigrantes  de todas  las  partes del mundo tratan de llegar, para después inyectarnos la ideología del Marxismo Cultural y hacernos esclavos de una izquierda históricamente fracasada en su modelo social y económico, pero no en su imposición cultural.

  En los años 60 el Marxismo Cultural creó el concepto de “Contracultura” en la pretensión de sustituir a los valores occidentales que denominaba como burgueses y reaccionarios. Y de este concepto nació el movimiento hippie, el Mayo del 68 o el activismo pacifista-ecologista-feminista, siempre en manos de universitarios de clase media, no del movimiento obrero, que bebían filosóficamente de la Escuela de Frankfurt. Actualmente la izquierda ya no usa el concepto de “Contracultura” porque tras décadas de agitprop  es consciente de que ahora es la cultura dominante, con unos valores que ya no se pueden discutir, si bien, la izquierda ha de mantener la idea de que la reacción es poderosa para justificar su activismo tan ampliamente subvencionado por el estado, como siguen hablando de Franco todos los días. En realidad ya son tan hegemónicos los valores del Marxismo Cultural que ha impuesto una dictadura de pensamiento único cada vez más apuntalada, pues de los valores subjetivos pasó a prohibir por ley.

  El marxismo del que surgieron las ideologías más mortíferas y liberticidas de la historia, como fueron el comunismo y su mutación nacional-socialista, ha provocado ahora  un genocidio  del acerbo cultural  de Occidente, que amenaza con dejarlo indefenso contra la invasión del genocida Islam como por otras culturas. Y por tanto la lucha contra el Marxismo Cultural es una lucha en términos culturales e ideológicos.

contra murcia

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