juan-ramon-jimenez

Escrito por Javier Giral Palasí. 

  Se suele hablar del carácter antifranquista de Juan Ramón Jiménez que se negó no sólo a volver del exilio a España, al contrario de Ortega y Gasset, Dalí y tantos otros intelectuales, sino que también se negó a aceptar ser miembro de la RAE, tal y como le propuso generosamente el mismo franquismo, en voz de José María Pemán, en 1946 y 10 años antes de que fuera premio nobel.

  Pero resulta que lo que no se cuenta, es que Juan Ramón Jiménez no se exilió al final de la guerra civil con la victoria de Franco, sino en el primer mes y tras solicitar al desgobierno de Azaña su salida del país, pero dirección a los EE.UU, al parecer al poeta no se le pasó por la cabeza, como a la inmensa mayoría de los ilustres exiliados de izquierdas, el vivir en el paraíso socialista de la URSS, y cárcel de terror para propios y extraños, la misma que quería traer el Frente Poular a España. Y el motivo de esta premura, no es otro que lo detuvieron los milicianos  en varias ocasiones, la peor fue en aquella ocasión en que buscaban a un tal Juan Jiménez, que supongo que era alguien que leía el ABC o llevaba un crucifijo, etc; y entonces lo querían fusilar inmediatamente en las calles de Madrid, tras la insistencia del poeta de que él no era ese  “Juan Jiménez”, el jefe de aquel grupo de milicianos se le acercó y le pidió que enseñara los dientes y fue el hecho de tener una buena dentadura lo que le salvó la vida porque el miliciano entendió que no era la persona que buscaba, motivo por el que después el poeta dedicó un poema a sus dientes blancos.  Juan Ramón Jiménez se refería al hecho en estas palabras:

  “Madrid en guerra, el buzón de aquel blancote de anarquista, que me quiso juzgar, con crucifijo y todo, ante la mesa de la Biblioteca que fue un día de Nocedal (don Cándido); murió la tarde aquella con la bala que era para él (no para mí) y la pobre mujer que se cayó con él, más blanca que mis dientes que me salvaron por blancos; más que él, más limpia, el sucio panadero, en la acera de la calle de Lista, esquina de la de Velázquez. No, no era, no era, no era aquel Destino mi Destino de muerte todavía”

  Juan Ramón Jiménez siguió defendiendo la causa proletaria del Frente Popular, pero en Washington lejos del terror rojo que él tan bien conocía y del que guardó silencio para que lo disfrutaran las indefensas víctimas de la ciudad de Madrid y de toda España.

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