monja

  Escrito por Javier Giral Palasí. 

  Escribía César Vidal que “cuanto más estudio la II República, más tenebrosa me parece”. Ciertamente la realidad de aquel período turbulento que acabó en una guerra civil, dista mucho de las falacias que nos cuenta el relato oficial impuesto por la propaganda de la izquierda, según el cual la II República fue el páramo idílico de las libertades, de la democracia y el progreso en la historia de España.

  En primer lugar la II República Española aprobó una Constitución laicista, radical, anticlerical y hostil a la libertad religiosa de los católicos españoles. Una Constitución laicista que era en palabras de Gregorio Marañón “no viable” y en palabras de Ortega y Gasset era “lamentable y sin pies ni cabezas ni el resto de materia orgánica que suele haber entre los pies y la cabeza”. Al ateísmo violento de la izquierda se sumaba el agresivo anticlericalismo de la masonería, que por ejemplo tenía 6 ministros masones en 1931. La masonería era el grupo más numeroso en las cortes de la II República y militaba en diferentes partidos, pues sumaban un total de 183 diputados entre 458. Debido a esta numerosa presencia, desde el primer momento se trató de hacer una república anticatólica, en semejanza a la masónica república mejicana, y en la que los católicos estuvieran perseguidos y censurados. Una república masónica y de izquierdas, en que la derecha tuviera muy pocas posibilidades de gobernar, como sucedía con el PRI mejicano.

  La II República sometió a una persecución constante a los católicos, de hecho se refería constantemente al  “problema religioso” que había que extirpar. Al mes de su estreno se produjo lo que se conoce como la “quema de conventos” de 1931, pero en realidad entre los 100 incendiados hubo también iglesias, colegios de beneficencia, asilos para ancianos y hasta bibliotecas tan importantes como la de los jesuitas de Madrid. Entonces fueron 33 los religiosos  asesinados, la mitad de ellos quemados en vida. Ante los ataques incendiarios, la complicidad de las autoridades republicanas no dejó actuar a las fuerzas del orden ni a los bomberos. Esta ola de violencia no se puede justificar en actos individuales de exaltados, sino en el odio que la izquierda marxista, anarquista y masónica inoculó durante años a sus partidarios.

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  La Constitución republicana, sin haber sido sometida a referéndum, prohibía en su Artículo 26 las órdenes religiosas que estableciesen un voto de “especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado”, y también las que “constituyan un peligro para la seguridad del Estado”, lo que daba carta blanca al gobierno para cerrar las órdenes religiosas a su antojo. Aquella Constitución también prohibía los cementerios religiosos. El paroxismo en el odio a la iglesia llevó a las autoridades republicanas a prohibir las procesiones e incluso que tocaran las campanas de las iglesias en muchos pueblos y ciudades. Y el arzobispo de Toledo y primado de España, el cardenal Pedro Segura no tuvo libertad para seguir en su cargo, fue detenido y expulsado ilegalmente de España, si bien en sus cartas y en su pastoral había hecho un llamamiento a colaborar y obedecer con las nuevas autoridades republicanas, pero la tiranía de aquella siniestra república   no   aceptó   que   tuviera    unas   palabras de agradecimiento con el rey Alfonso XIII.  Monseñor Mateo Múgica de Vitoria por su parte corrió la misma suerte.

  En la revolución y golpe de estado que organizó el PSOE en octubre de 1934, aliado con el PCE, la CNT y la Esquerra Republicana de Cataluña, si bien se organizó para toda España finalmente donde mayor repercusión tuvo fue en Asturias y en la Cataluña de Companys. Costaría 1500 muertos en todo el país, la quema y destrucción de otros 55 edificios de la Iglesia católica y el asesinato de otros 33 religiosos.

  Después de la llegada al poder del Frente Popular en febrero de 1936 y en unas elecciones fraudulentas, le siguió la llamada Primavera trágica de 1936, con centenares de muertos, huelgas, incendios y apaleamientos, ante un gobierno que se vía desbordado por los acontecimientos.  Nuevamente decenas de iglesias y conventos fueron asaltados e incendiados.

  Y si bien este resumen habla someramente de la persecución religiosa durante los años de la II República, ese páramo de libertades que nos dice la manipulación histórica pero en la que en realidad era difícil ejercer cualquier libertad. Sin embargo la persecución religiosa durante los breves años de la república, no se aproxima al desatado en la guerra civil  en la que se asesinó a 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y religiosos, 283 monjas y más de 3.000 seglares. En total, unos 10.000 muertos por el delito de ser católicos y no haber renegado de su libertad para serlo. A los que hay que añadir aquellos mártires que lo fueron por su condición de católicos sin pertenecer a ninguna organización  eclesiástica,  y  que  se  estiman entorno a 30.000. Muchos fueron asesinados simplemente por llevar un rosario, una medalla o una estampa religiosa, o por refugiar o dar de comer a algún religioso. Además durante la guerra fueron destruidas más de 20.000 iglesias.

  Para que se haga una idea de qué supuso la persecución religiosa lea qué ordenaba el bando del Comité Revolucionario de la UGT y la CNT dictado el 24 de octubre de 1936 en la localidad de Játiva (Comunidad Valenciana):

  “Se ordena a todos los vecinos que depositen en la plaza pública más inmediata a su domicilio y en sitio que no interrumpan el tráfico, todos cuantos objetos, imágenes, estampas, etc. de carácter religioso tengan en su poder, con excepción de los que por ser de metales preciosos o corrientes o de alguna otra materia aprovechable puedan tener valor material, de los cuales se desprenderán igualmente entregándolos en el Departamento de Orden Público de este Comité.

  Se concede para estas operaciones el plazo de CINCO DIAS, pasados los cuales se realizará investigación en todos los domicilios y en el que se encontrasen objetos de los indicados serán declarados facciosos sus moradores y en tal carácter serán pasados por las armas”.

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