adolfo suárez 6

 Escrito por Javier Giral Palasí para El Correo de Madrid.

Durante décadas la propaganda de la clase política asentada en la mamandurria pública a costa del contribuyente, nos ha cacareado la idílica idea de aquella modélica Transición que sólo habría traído progreso y democracia, y que además se hizo pacíficamente. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. La Transición no fue pacífica pues las bandas terroristas de la izquierda empezaron a asesinar a centenares de personas en busca de conseguir mayores contrapartidas del concesionista gobierno de la UCD, pero la propaganda sólo destaca el trágico asesinato de los abogados laboralistas de Atocha.

  La Transición que se hizo con el espíritu de inaugurar una España con mayores libertades para todos los españoles, también inauguró la política de la derecha de no dar la batalla de las ideas aportada por Suárez y continuada por el PP, lo que provocará que 40 años después de dejar el campo libre a las imposiciones ideológicas de la históricamente fracasada izquierda, hoy en España haya menos libertad, incluso para sentirse español en tu tierra, y que la situación tienda a empeorar. La Transición inauguró también un Estado autonómico para contentar a los pocos nacionalistas que había entonces, pero resulta que hoy hay más nacionalistas que nunca y el Estado autonómico además de servir para que los nacionalistas hayan ido construyendo sus entelequias de naciones, ha servido también para crear una hipertrofiada administración que vampiriza al sector privado e impide la creación de nuevas formas de riqueza; y por último la Transición ha servido para que en España se inaugurara la política de mayor gasto, menos ahorro y menos cultura del trabajo, y si en 1975 se partió del pleno empleo franquista, hoy España figura entre los países con más paro de la OCDE mientras la renta per cápita comparada con los países occidentales más desarrollados ha caído en 10 puntos respecto a 1975. Podríamos también valorar otros parámetros, como la calidad de la educación, la criminalidad o el número de familias desestructuradas, para llegar a una conclusión muy diferente sobre las bondades de la Transición, el Régimen del 78 y la falsa autoridad moral que se pretender arrogar en el presente.

contra bien

  La democracia no viene del anti-franquismo sino del régimen franquista, incluso el viejo general era consciente de esta evolución aunque no le gustase como atestiguan el propio Juan Carlos de Borbón o el general norteamericano Vernon Walters que entrevistado con el caudillo en 1972 para sondearle sobre el futuro de España tras su fallecimiento, cuenta en su libro cómo Franco le respondió que el surgimiento de la clase media aseguraba un proceso tranquilo hacia una democracia que deseaban los EE.UU, Inglaterra y Francia. El cambio fue promovida por el sucesor de Franco a título de rey, diseñado por el ministro de Franco y catedrático en derecho, Torcuato Fernández-Miranda, y cocinada por Adolfo Suárez, que proveniente de la Falange fue también Secretario General del Movimiento de Franco. Sin olvidar que las propias Cortes franquistas votaron su autodisolución, algo impensable en los diputados actuales que parasitan las instituciones.

  Pero a pesar de la mayor o menor buena voluntad con la que se hizo la “Santa Transición” que decía Umbral, no podemos ocultar el oportunismo que también tuvo, los estatutos de autonomía antes de la propia Constitución, el ·café para todos” autonómico, la política ya citada de reparto de prebendas sin pensar en los antecedentes históricos en busca de comprar simpatías y voluntades, y que de esta manera el monarca pudiera asegurarse un trono sin sobresaltos, puesto que el rey heredó casi todos los poderes de Franco, excepto la adhesión con que el viejo general contaba como líder de un pueblo en armas que ganó una guerra. El rey podía contar con el apoyo de la derecha, pero entendió que el foco de una previsible inestabilidad hacia la corona podía venir de la izquierda y del nacionalismo, como le ocurrió a su abuelo, Alfonso XIII.

  A pesar de la propaganda, la España de 1975 estaba abocada a caminar hacia la democracia y no existía peligro de desencadenar otra guerra civil. El modelo de Transición se trazó años antes y se aceleró a partir de 1969 desde la tecnocracia del régimen franquista con el beneplácito de la administración de los EEUU para una España que se pretendía homologar con la Europa occidental pero como Francia e Italia, y entendida también como un aliado estratégico en el Mediterráneo que debía integrarse en la OTAN; esta era también la pretensión de la banca y de la industria que quería integrar al país como un socio de pleno derecho en la CEE (algo por lo que después el gobierno del PSOE pagará un absurdo precio a costa de agricultores y ganaderos). La España de 1975, la que en 1936 se había enfrentado a la revolución marxista, ya había superado la guerra civil, era un país pacificado y por primera vez era una sociedad de clases medias con el 82% de la renta per cápita de los países europeos occidentales, y se predisponía a evolucionar con naturalidad hacia un régimen con mayores libertades.

  De hecho, el cambio democrático hubiera sucedido con el rey y Suárez o sin ellos, lo que se puede criticar son los errores que entonces se cometieron, aunque fueran bienintencionadamente o no, como la compra de voluntades a costa del reparto generoso de numerosos cargos entre la naciente y exponencial clase política a costa del contribuyente. Pues Suárez será el gran concesionista, un tipo ambicioso, con don de gentes, honrado en lo material pero de escasa cultura y que decía no haber leído un libro, aunque ahora pudiera parecer un gran estadista comparado con lo peor que ha venido después. De este modo cuando Suárez ya no tenga nada más qué repartir y haya que gestionar la rutinaria administración se descubrirá como un desastre político, al mismo tiempo que lo será su gestión de la economía, por lo que acabará aborrecido por todos hasta dentro de su propio partido, y todos le harán la vida imposible hasta que dimita, los mismos que después le han rendido todo tipo de homenajes como “hombre de estado”, cuando en realidad querían decir como fundador del régimen de la vasta clase política del 78. Suárez terminará aborrecido también por el propio rey que anteriormente lo designó, y que dará su visto bueno para los preparativos de un golpe de estado, el 23F, que en realidad fue de gobierno, organizado por un sector del CESID y por generales tan monárquicos como Armada y Milans del Bosch, cuya finalidad no era otra que la instauración de un gobierno de concentración en el que se integrasen miembros de UCD, AP y también ministros socialistas y comunistas, y naturalmente con la continuación del rey como Jefe de Estado, algo a lo que el teniente-general Tejero rotundamente se negará durante su encierro en las Cortes al enterarse por boca del general Armada de la presencia de esos ministros comunistas y socialistas en ese hipotético gobierno.

  El rey que sentía al principio de su reinado que carecía no sólo de legitimidad sino también de popularidad, tanto entre la izquierda republicana como entre los propios sectores del franquismo, entendió como decía que la España conservadora no iba a ser un obstáculo para garantizarse un reinado tranquilo, pues la derecha aceptaba al sucesor de Franco a título de rey, mientras a su vez contaba con la obediencia del ejército, ya que el propio Franco había dicho en su testamento leído ante las cámaras de TV “que rodeéis al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido”.

  Por tanto, el rey con su campechanería entenderá que para apaciguar a la escasa oposición republicana y nacionalista que, sin embargo, en 1975 carecía de fuerza, era repartiendo numerosos cargos políticos como si España fuese un cortijo, y el acceso de la oposición al presupuesto, lo que explica la vasta administración de las múltiples duplicidades del estado español. Un despropósito muy costoso para los españoles pero que le ha funcionado al monarca durante estos años, con el que vino incluido un pacto de silencio sobre las tropelías y la fortuna que ha engordado el rey gracias a sus comisiones. Pasado el tiempo, las contradicciones se han desarrollado y los viejos odios han crecido, y la unidad y la convivencia de la nación vuelve a estar amenazada. Pensemos también que el Estado autonómico se creó para zanjar el problema muy minoritario del nacionalismo a finales de los 70, pero que tras el balance de estos años descubrimos cómo en realidad ha sido aprovechado para ir construyendo estructuras de estados independientes que se encaminan hacia la secesión, por eso choca aún más ver cómo ahora hay quién quiere incidir en el mismo error de la Transición y pretende pasar a un estado federal, porque el problema es que en España no hay una izquierda nacional sino una que odia a España desde la indiferencia hasta llegar al paroxismo del separatismo. Con los viejos odios se han desarrollado nuevamente dos amenazas totalitarias contra nuestra libertad, la del separatismo que quiere instaurar las diferentes repúblicas racistas que persiguen todo lo español y a quienes no se vendan al nacionalismo, y en segundo lugar asistimos a la amenaza  del izquierdismo que quiere instaurar la III República “bolivariana” en España enlazando con la sectaria II República para acabar con las libertades de todos los que no sean un reducto de la izquierda.

  El estado partitocrático que dio paso a esa vasta clase política privilegiada que protagonizará todas las corruptelas, contrastando con el bajo índice de corrupción del franquismo, se embarcará en la desindustrialización del país, y a un gasto y derroche estatal nunca antes visto, por lo que tendrá que elevar continuamente la presión fiscal, destruyendo millones de empleos. Basta ver la gráfica para comprobar cómo se partió del 7% del PIB en 1975 y cómo actualmente supera el 100% según los optimistas datos oficiales sobre una deuda que no para de aumentar y que acerca al sistema al borde del colapso. Este régimen partitocrático en manos de esta clase política privilegiada ha provocado también el surgimiento de partidos antisistema de extrema izquierda que deberían estar superados por la experiencia histórica si se hubiera dado la batalla de las ideas.

   Pues la Transición que se hizo sin pensar en los antecedentes históricos, siguió el modelo  a grosso modo del esquema bipartidista entre democristianos y socialdemócratas que había ideado la administración de los EE.UU, que por otro lado demostraba un gran desconocimiento de la sociología e historia española, imaginando, por ejemplo,  que  bastaría descafeinar al  marxista PSOE para  hacerlo pasar por una socialdemocracia que desterraría el guerracivilismo, lo que explica por qué el Partido Socialista renunciaría formalmente al marxismo, no como método de análisis, durante el Congreso Extraordinario de 1979, y que más tarde incluso el histórico socialista Javier Solana llegara a ser secretario general de la OTAN. Pero esta estratégica moderación del PSOE sólo será cumplida durante el felipismo y terminará con la llegada del zapaterismo que romperá el pacto de concordia de la Transición con la Ley de Memoria Histórica.

  La Transición firmada por Suárez con el beneplácito de Juan Carlos de Borbón, legalizará a los partidos marxistas y separatistas que habían perdido y provocado la guerra civil y que después mayoritariamente no hicieron ninguna oposición al franquismo, excepto los pocos estalinistas del PCE, sino que además sus cuadros vivieron y prosperaron dentro del régimen franquista, es decir, que al mismo tiempo que se sepultaba el recuerdo del Movimiento Nacional, y mientras la nueva derecha claudicante se organizaba en nuevas fuerzas políticas sin vinculación con la guerra civil, no ocurría igual con la izquierda y el separatismo a los que se resucitará con las mismas siglas. Por tanto no puede extrañar que décadas después de propaganda y mentira histórica, vuelva el espíritu guerracivilista de los que la perdieron, y los pocos separatistas que había en 1975 se hayan multiplicado exponencialmente, gracias al acceso al presupuesto y al continuo adoctrinamiento en el odio a España que se imparte y se subvenciona en los medios de comunicación y en las escuelas, con grandes dosis de manipulación histórica.

  Sin embargo, las condiciones para una Transición exitosa eran óptimas en 1975, se trataba de un país ya pacificado, el bajo endeudamiento del franquismo regalaba una caja estatal llena a rebosar, con unos bajos impuestos y una sociedad con pleno empleo. Se partía además de la seriedad y la solvencia de numeroso personajes de talla intelectual de la generación política de entonces, sin embargo, la Constitución del 78 traerá una democracia viciada con una oligarquía de omnipotentes partidos políticos, llena de privilegios y de sueldos vitalicios a costa del erario público y que pronto controlará el poder judicial. Unos partidos que en su funcionamiento carecerán de democracia interna, con listas cerradas y con una ley electoral que beneficia a los partidos minoritarios nacionalistas que concentran su voto en unas pocas circunscripciones.  Una democracia con enormes concesiones al separatismo, mal que le pese a la propaganda que nos ha machacado durante décadas con la patraña de lo bien que se hizo aquel proceso. En realidad los protagonistas de la Transición fueron los que hurtaron la posibilidad de traer un auténtico cambio democrático cuando la oportunidad era idónea.

   A la muerte de Franco, el país podía haber evolucionado hacia una democracia  en  la  que  se  legalizaran  a unos partidos políticos moderados sin vinculación con el marxismo, el separatismo y la guerra civil, es decir, con un espectro político más parecido al de un país del norte de Europa, con nuevas fuerzas conservadoras, liberales y socialdemócratas. Basta pensar que los partidos extremistas y separatistas, son ilegales en diferentes países europeos.  En 1975 hubiera sido factible traer una democracia que no condenase la estabilidad futura de la nación, sin una clase política parasitaria y sin tensiones secesionistas, si el proceso de la Transición no hubiese dependido de personajes como Suárez, que no estaban dispuestos a dar la batalla de las ideas porque no las tenía, y que en su ignominia llegó a prohibir por ley y durante tres años la ostentación de banderas españolas en manifestaciones, o como el rey que estaba dispuesto a cederlo generosamente todo excepto el cuestionamiento de su propia monarquía, lo que explica la ausencia de referéndum sobre monarquía o república durante la Transición, y que esta viniera incluida en el plebiscito de 1976 sobre el Proyecto de Ley para la Reforma Política y dentro del pack del cambio democrático. Y detrás de la temeridad y las cesiones a los nacionalistas de Suárez están también los motivos que explican por qué Torcuato Fernández Miranda, el cerebro gris del cambio democrático pasando “de la ley a la ley a través de la ley”, se retire definitivamente de la política tras varios desencuentros con el presidente por las cesiones al nacionalismo.

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