juan carlos con la morería

Escrito por Javier Giral Palasí para El Correo de España. 

 Corría los primeros meses de 2014, entonces VOX era un partido recién creado y desconocido para el gran público. Iván Espinosa de los Monteros hizo un comentario sobre el “gran papel que la monarquía (la de Juan Carlos) había ejercido para traer la prosperidad y convivencia entre los españoles en la Transición y patatín y patatán…”. Yo le respondí que me parecía increíble que un dirigente de la recién creada formación fuera tan ingenuo de repetir las tonterías de la propaganda cortesana. A lo que Espinosa de los Monteros me respondió con simpatía e ironía por tenerle yo en “tan alta estima”. Por esas fechas los de VOX de mi provincia tampoco vieron con buenos ojos, organizar una conferencia sobre la II República, guerra civil, franquismo y Transición con la excusa de que tenía que ser autorizada previamente por las “altas instancias” del partido, porque era evidente por entonces que yo no iba a repetir las majaderías de la propaganda juancarlista. Así que hice lo mejor que podía hacer entonces con los dirigentes provinciales que había en VOX y que más tarde fueron sustituidos, pasar de ellos y marcharme a la Costa del Sol.

  En un país en el que la población elige agruparse en sus diferentes sectas para militar en contra de… un verso suelto como yo confunde y despista mucho al personal. Lo propio para el homo hispanicus es estar afiliado a una de sus sectas que terminan en “ista”: voxistas, socialistas, constitucionalistas, juancarlistas, independentistas, madridistas, etc. Y desfilar así al paso del rebaño bramando sus consignas y odiando y jodiendo al otro, sin hacer esfuerzo alguno por pasar por su raciocinio los postulados de su tribu. Lo contrario se llama valentía y libertad.

  Y tras décadas de ser engañada la masa protagonista de las audiencias de la telebasura, ahora parece descubrir que Juan Carlos I era en realidad el rey de las comisiones y las corinas, el mismo rey emérito del que todos decían lo campechano que era, y lo dispuesto que parecía siempre a saltarse el protocolo para irse de cervecitas con el desinformado pueblo español al que entre sonrisas y desparpajos borbónicos, su majestad en silencio se beneficiaba. Recientemente ha saltado el escándalo, mitigado por la pandemia del coronavirus, de que su majestad campechana donó 65 millones de euros a su amante, a ratos también su comisionista, y se ha sabido porque lo está investigando la fiscalía suiza. El actual rey Felipe VI que tiene la seriedad de un Grecia y no la golfería de un Borbón, se apresuró a renunciar a la herencia ilícita amasada por su padre y que ya les adelanto que se trata de cientos de millones en cuentas en el extranjero, y anunciar además que le retiraba a su padre la asignación de dinero público proveniente de la Casa Real.

  Sin embargo, algunos lo escribimos en artículos hace años con títulos tan sugerentes como: “La fortuna delictiva de Juan Carlos de Borbón”; lo explicábamos en nuestras conferencias y no olvidábamos añadir los correspondientes capítulos en nuestros libros tratando el asunto cuando tenía valor hacerlo, es decir, cuando Campechano I estaba todavía en la jefatura del estado e imperaba el pacto de silencio de los partidos políticos y de los medios de manipulación, agradecidos por los servicios prestados por Campechano en la Transición: el reparto del presupuesto entre la nueva partitocracia parasitaria por un monarca que quería “vivir como un rey” y no quería ser molestado e importunado durante su reinado de amantes y comisiones amasadas, ni por la derechita cobarde ni por la oposición republicana que hizo huir a su abuelo, Alfonso XIII, camino del exilio.

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  Juan Carlos I, fue el gran error de un Franco monárquico, al elegirlo como su sucesor sólo por ser “un hijo de” otro Borbón, y que terminará sus días por habernos dejado el legado del chiringuito autonómico, y por ser el que nos hurtó la llegada de una auténtica democracia a cambio de una oligarquía de partidos enganchada al presupuesto, por ser el que 40 años después nos deja una España hecha añicos, desindustrializada, desestructurada, con las mayores tasas de paro, sin prestigio ni orgullo… pero eso sí, que le quiten a Campechano lo “bailao” y lo “cobrao” en comisiones. Requiescat in pace, que cuando se nos vaya de este mundo su majestad, ya nadie le podrá quitar la sonrisa de la calavera y hasta puede que al igual que hicieron con Adolfo Suárez, otro fénix del estado partitocrático y autonómico, nos pondrán un serial de documentales en TV contándonos las bondades de su campechana persona y los grandes servicios prestados al saqueado y empobrecido pueblo español.

  Aún recuerdo como hace casi una década, estuve invitado a participar de tertuliano semanalmente en una radio que ideológicamente se situaba a la derecha de Blas Piñar, y pude comprobar cómo al director del programa se le llamó al orden desde la dirección porque se le permitía todo excepto criticar el papel de la monarquía. Hoy cuando los desmanes de Campechano I comienzan a filtrarse a la mayoría de la desinformada población española, a la que se le engañó durante décadas con la propaganda cortesana, y que la izquierda podemoide, con sus voceros en los medios sienten que el pacto de silencio de la Transición está caduco y que la cabra tira al monte. Otros recordamos, que hace muchos años que venimos defendiendo que la Transición en manos campechanas fue una chapuza lesiva para España, pese a lo que exhalen todavía algunos periodistas, y lo dijimos no para enlazar con la II República como pretende el basural frentepopulista sino para enmendar los errores de la Transición y caminar hacia una auténtica democracia de ciudadanos libres y asociados, y no saqueados a impuestos por la partitocracia coronada por Juan Carlos I de Borbón, porque la corrupción del régimen del 78 siempre empezó por la cabeza. Pero lo que no ha cambiado en este tiempo es mi aprecio por Iván Espinosa de los Monteros, pese a que en aquella ocasión se pasó de frenada.

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